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El Primer Círculo. Alexander Soljenitsin

Con mi acostumbrado atraso de décadas, hace unas semanas que me he embaulado el voluminoso Primer Círculo de Soljenitsin. El nombre se refiere al nivel de reclusión más suave de la época; las llamadas Sharashkas o laboratorios/cárcel. No tiene el libro más pretensión argumental, ni trama narrativa que la de la mera exposición lineal, a veces tediosa, de las cotidianas existencias de unos presos y sus circunstancias, pero quizás por eso mismo resulta más demoledora. Realmente, no me había planteado escribir sobre este libro (no lo hago con todo lo que leo), pero algo me ha hecho cambiar de opinión: El programa de nazis de hoy. No me refiero al programa que hayan emitido hoy en concreto (seguro que han emitido alguno), sino al de hoy, que sigue al de ayer, que precede al de mañana. Tal reiteración me ha hecho recordar este libro y de paso me ha hecho recordar otro del mismo autor, que leí hace ya muchos años: Archipiélago GULAG, aunque es este un testimonio narrativo y no una novela. Entiéndaseme bien: Aunque se aborde un tema archisabido, como el del nazismo, al menos archisabido para alguien de mi edad, me parece muy bien que se haga para el conocimiento (y aleccionamiento) de los más jóvenes, incluso cuando uno ya se sabe las imágenes de memoria, por la repetición, pero también porque dispongo de libros y videos sobre el asunto y su consecuencia bélica. Mi incomodidad se debe a los baremos, tan disímiles en uno y otro caso, que me producen algo cercano al estupor.
Llevamos muchos años en los que apenas puede contabilizarse un día sin que en alguna cadena televisiva, se emita un programa o película sobre nazismo, campos de exterminio, feroz represión y locura colectiva. Pero creo que desde el cambio de siglo, no se habrán emitido más allá de un par o tres de programas sobre el terror stalinista. Creo recordar uno sobre el propio Stalin y otro sobre Molotov que pusieron un par de veces; se ve que no tienen otro. Entre tres y nueve millones de víctimas políticas (no hay datos concretos), muchos millones más (acaso decenas) de víctimas civiles por hambrunas y deportaciones en los sucesivos zarpazos del Régimen: La Descosaquización, la Deskulakización, las grandes hambrunas intencionadas o colaterales, en las que se llegó al canivalismo, con desplazamientos forzados de millones de personas en caravanas inconcebibles y militarizadas, el Holodomor de Ucrania, o el Gran Terror de los años 30. Hay quien dice que hasta veinte millones de muertos aparte de la represión directa. Hay quien dice treinta millones, millón arriba o abajo. Y ello por no hablar de la Revolución Cultural china, de la que tampoco parece haber datos concretos, ni estudios exhaustivos, barajándose cifras que van del millón de represaliados políticos directos, hasta la decena de millones. Y si se incluyen desplazados y deportaciones en masa, podríamos llegar hasta los ¡cuarenta millones! Y faltan los Jemeres Rojos. Entre unos y otros, nos podemos poner en una cifra de entre veinte y sesenta o setenta millones de civiles muertos, millón arriba o abajo, que cuando se trata de comunismo, unos pocos millones no son cifra. Por supuesto los represaliados, encarcelados, torturados o amedrentados sin más, simplemente no pueden calcularse. Y en cuanto a la carencia de toda clase de derechos humanos, la cosa se prolongó más de setenta años, contra los doce del nazismo. En China de hecho, todavía sigue la cosa.
Y sin embargo hay un escrupuloso silencio mediático, una absoluta carencia informativa e investigativa. Es increíble que a pesar de las horquillas millonarias en los datos, nadie parece querer (o poder) adentrarse en esa investigación. Parecen ser muertos que no cuentan, afrentas en desuso, aplastamientos olvidados frente a la reiteración casi cotidiana de programas que denuncian, recuerdan, exponen y analizan la represión y la locura del régimen nazi o de otros regímenes derechistas; cosa que insisto, me parece muy bien. Ignoro si hay tras ello una voluntad política de que las nuevas generaciones solo asocien el terror con el extremismo de un signo. Quizás se trate solo de un olvido.
Recuerdo que en la Transición española, o quizás eran ya los ochenta, nos visitó el propio Soljenitsin. Preguntado por sus impresiones políticas sobre la España reciente, adujo algo como “¿Pero ustedes podían cambiar de trabajo, cambiar de domicilio, entrar y salir del país, circular por él sin cortapisas? Ustedes no tienen ni idea de lo que es una dictadura”. Fue muy vituperado por el comentario. Algunos periódicos nacionales le crucificaron vivo, poniéndole de fascista para arriba.
Bien, yo me he leído El Primer Círculo, como me he leído Archipiélago GULAG, para sumergirme en el horror cotidiano de quien no puede hablar porque las paredes oyen, del que puede ser detenido en cualquier momento por cualquier causa o por ninguna causa, para desaparecer sin más, en un universo paralelo e infernal de campos de trabajo en el círculo polar por el resto de sus días, después de un proceso delirante de torturas hasta la autoinculpación o sin proceso alguno. O quizás tener fortuna y ser fusilado o ahorcado o muerto a golpes en poco tiempo. Por supuesto tal futuro no solo termina en él, sino que se extiende a sus amigos, conocidos, familiares… y todo el que hubiera tenido el más mínimo contacto con el infectado. En ambos libros, el horror llega a ser tan esperpéntico, tan inauditamente grotesco y paranoico, que uno no puede evitar reírse continuamente, casi como en un relato cómico, a pesar de que es un relato cierto. Es la miseria humana sin ambages, la sumisión, el miedo, el cálculo. Todo está ahí, terriblemente, espantosamente, y al tiempo como escapado de una película grotesca de Berlanga. Recuerdo una escena: La ferviente ovación por los vivas a Stalin en una conmemoración provinciana de algún Soviet local. Nadie se atrevía a dejar de aplaudir, pasaban los minutos, con las palmas enrojecidas, los ancianos agotados y resoplando, los ponentes mirándose de reojo, qué hacemos, cómo se para esto, “vamos a morir todos de idiotez”, cinco minutos, diez minutos, quince, sudando todos, doloridos los brazos, hasta que el orador optó por regresar a su asiento y la frenética ovación cesó de golpe, aliviada y casi sin respiración. Al día siguiente le detuvieron. Le incoaron un expediente y su correspondiente proceso por alguna memez que no tenía nada que ver, y lo enviaron diez años al GULAG ártico, de donde nunca se volvía. Oída la sentencia, y cuando los guardias se lo llevaban, el juez le espetó: “Y nunca deje de aplaudir el primero”.

Sí, les recomiendo estos dos libros. Son largos, como atacar un Quijote, unos Hermanos Karamazov, pero junto con los cotidianos reportajes televisivos, ayudan a tener una visión más abierta y global (más exacta, entonces) del horror pringoso que atascó el pasado siglo. Y les ayudará también a prevenirlo.

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