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Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño. 1998. Una obra que no ha envejecido bien.

 

Es esta obra un clásico de las letras hispánicas del cambio de siglo, pero su relectura confirma mi primera impresión de hace años: desesperante. Situada en el Méjico de 1975, ya el primer capítulo es tan atroz, que a punto estuve de abandonar. Básicamente consiste en la presentación de los protagonistas por el sistema de Fulanito se acuesta con Menganita, que se acuesta con Citanito, que se acuesta con Perenganito, que se acuesta con Menganito, que se acuesta con Citanita… así durante ciento treinta y pico páginas. Horroroso; pero muy deudor de las taras de los 70', que parecían concebir tales discursos simplistas, como máxima expresión contracultural e irreverente; qué le vamos a hacer.

Sobre estos rieles corren los desvelos literarios de unos y otros protagonistas, el caos de las relaciones juveniles en ese Distrito Federal de los setenta, las fiestas, la pulsión nocturna de la capital; que puede quedar retratada (ignoro si de modo fidedigno), pero a cuya monocromática semblanza le sobran al menos la mitad de esas páginas, porque francamente, desborda el folletín: Bien pudieran ser entregas en las páginas del Hola o del 20 Minutos.

El meollo de la despiadada, repetitiva y previsible catarata, es disponer los mimbres de la fuga en automóvil de los tres protagonistas -Ulises Lima, Madero y Belano-, acompañados de la enésima puta -Lupe-, poniéndose a salvo de su chulo, e iniciando la larga búsqueda de Cesárea Tinajera; poetisa de influencia en los visceralistas; corriente de la que forman parte.

A partir de aquí, corren paralelas o no, distintas y caóticas historias. Las hay prescindibles, pero no faltan las jugosas; como la de Ulises Lima en Israel, aguantando semanas en casa de su amada Claudia, a despecho de su pareja Norman; aderezada con la adoración aramea de la parábola del camello y la aguja, viniendo a ser aquel una probable maroma gruesa. O la aventura de Lima y Belano como émulos de Dennis Hopper y Peter Fonda en Easy Rider, pero atravesando Sonora. O el viaje a Nicaragua. O las andanzas de Lendoiro tomando venganza del amante de su hija. O la de Salvatierra en la despedida de Cesárea Tinajera yéndose a Sonora.

La metódica travesía por el desierto de Sonora, con ser interesante, llega a desesperar al lector con su inacabable redundancia; mientras el relato vuelve al final del primer capítulo, con García Madero, Belano, Lima y Lupe escapando en el coche. Encuentran al fin a Cesárea, y ello le cuesta la vida a Ulises a manos del proxeneta.

Finalmente, Belano se marcha con Lupe a Villaviciosa.

No hay mucho más. Durante años, han abundado las claves de lectura, los mensajes ocultos, las metáforas… pero una gran obra nunca ha necesitado de tales muletas, que raramente soportan el paso del tiempo. Ello no quita para reconocer que el estilo literario de Bolaño es magistral; y creo que en esta novela late una obra maestra malograda por lo superfluo y redundante, y quizás también por el espíritu de su tiempo. Hay que desbrozar mucho para encontrar ese meollo impecable, y desesperarse con el inextricable marasmo de datos y nombres cruzados, de historias y destellos que no suman, pero enredan, hasta hacerlo recordar a uno aquel Rayuelomatic que el propio Cortázar, con notable autoironía, recomendaba para poder leer y entender Rayuela, cómodamente echado en un diván, “evitando posturas más luctuosas”.

Pero hágalo, amigo lector; ármese de paciencia y póngase a leer; porque con todo y con eso, Los Detectives Salvajes es una obra que merece la pena, bien que con las graves salvedades apuntadas. No ha envejecido bien.


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